en Miscelánea

De cómo el dejarse llevar por lo inesperado enriquece nuestras vidas

Dejémoslo claro desde el principio: me encanta improvisar. Esto puede suponer para muchas personas un grave problema, incluido yo mismo, pero no hay nada mejor que ir por la vida sin saber qué te van a deparar las próximas horas. Vale, a veces es complicado dejarlo todo para la sorpresa y entonces aparecen contradicciones como comprar fielmente cada año el abono del Primavera Sound, con doce meses de antelación y sin saber qué te vas a encontrar en su cartel, o la necesaria planificación de billetes de avión o tren para un viaje o escapada.

Pero luego, una vez llegas a un lugar, el placer que supone salir de tu alojamiento y dejarte llevar por la fluidez de las ciudades e irte encontrando con las sorpresas de la vida urbana sin tener un calendario cerrado es una verdadera delicia. Son esos planes los que al final suben la adrenalina y la felicidad hasta los niveles de euforia que saturan la mirada.

Y todo esto en realidad viene porque planificando nuestras futuras vacaciones, así como de rebote hemos ido improvisando un viaje que se ha convertido en una maravillosa sorpresa, que se fue gestando a raíz de eventos, exposiciones y todas esas cosas que cada vez echo más de menos en Madrid. No sé si porque me hago mayor y ya he visto muchas cosas o porque realmente la oferta artística de la capital es muy inferior a lo que ofrecen otros destinos europeos (que creo que es realmente lo que está sucediendo hace ya demasiados años), al final me veo siempre necesitado de escapar en busca de mi necesaria inspiración.

Cuando vivía en Tenerife mi oasis personal era Madrid; ahora que llevo más de una década en la capital, mis oasis parecen ser otras ciudades como Londres o Venecia (cuya bienal de arte ya se ha convertido en un must de nuestros veranos impares). Es impresionante la cantidad de textos que rellenan mis cuadernos cuando son apremiados con los estímulos correctos, a la par que me deprime no encontrar apenas ofertas interesantes en mi ciudad más allá de dos o tres acontecimientos al año.

Es lo que tiene ser un apasionado de los estímulos y una persona creativa. Que necesito combustible constante para refrescar las ideas y mejorar el flujo de los impulsos. Y por eso es tan imprescindible la improvisación, porque es cuando sales de la zona de confort y sorprendes a tu rutina maquiavélica con un giro inesperado del guión establecido de antemano cuando todo parece tomar forma para convertir tus pasos debilitados en la razón de existir.

Y en realidad todo este rollo lo digo porque, a través de una serie de coincidencias concatenadas, hemos ido hilvanando unas vacaciones que nos llevarán -entre otros lugares que mantendré en la sorpresa para el futuro diario de viajes- a ver a Moses Sumney con nuestro querido Pedro Martins (por cierto, gran seguidor de este blog, gracias).

Moses Sumney

Uno de los mejores discos del año pasado

La importancia de este encuentro se encuentra en que mi preciado disco de vinilo del sublime Aromanticism de Sumney fue un regalo de cumpleaños de mi marido cuando estábamos visitando a Pedro en Brighton, justo el mismo fin de semana en el que vimos por primera vez a la prodigiosa Lorde en directo cuando, a pesar de tener el abono, aún no sabíamos que la veríamos meses más tarde en el Primavera. ¿Entendéis a lo que me refería con lo de improvisar?

Por eso este post. Por eso mi consejo. Vale, a veces improvisar no es compatible con los planes de tus amigos. Vale, a veces hay que comprar entradas por anticipado. Pero probadlo. Decidid un día ir al cine media hora antes de la sesión. Salid de casa sin saber dónde vais a dormir. Conoced a extraños, escuchad a las personas, dejad que os enriquezcan los seres humanos con otra nacionalidad o cultura. Viajad sin un plan calculado al milímetro. Dejad siempre que las sorpresas sean quienes os ayuden a escapar de la tiranía de la rutina.

Foto: Dan Gold en Unsplash

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