El tiempo se acelera y yo me aferro a los pequeños detalles que me hacen feliz. Sobre volver a escribir, salir del bucle y revivir.
No quería empezar a escribir hablando sobre volver a escribir, pero ¿acaso existe otra forma de retomar la palabra después de correr a comprar un cuaderno y un bolígrafo de Muji para dejarme llevar por la caligrafía como en los viejos tiempos? Mi barbero Luca hoy estaba muy introspectivo y filosófico y melancólico acerca del paso del tiempo, de hacerse mayor, de lo rápido que se suceden los momentos en la vida, simplemente porque Cristiano Ronaldo anunció su retirada. De pronto, mientras me dejaba «muy guapo» como suele decirme al terminar su degradado y mostrarme el resultado en el espejo, nuestra conversación se convirtió en algo inesperadamente profundo sobre hacerse mayor. Y el muchacho aún está en la veintena… La conversación me hizo recordar que tengo más amigos que también tienen una relación complicada con ese momento acelerado del tiempo a medida que crecemos. Yo, sin embargo, siento que cada vez estoy mejor. El tiempo se acelera, así, y tal vez por eso me llama la calma, el pasado ese que siempre vuelve aunque sea de otras formas.
Soy como una serie de instantáneas solapándose, momentos que recuerdo con sorprendente facilidad unidos a unos vacíos inmensos como huecos que nunca sucedieron. ¿Por qué debo estar siempre en tránsito? Veinte años aquí y todavía siento que no me he arraigado en absoluto. Que solo me rodean el vacío, el caos, la soledad y la excesiva disponibilidad del consumo. Mientras paseo por la exposición The Americans en la Fundación Telefónica, yo apenas me fijo en las imágenes y me pregunto por qué no me suele gustar la fotografía documental como arte. Tal vez me resulta excesivamente realista y solo quiero arte que me saque de la realidad, que me haga sumergirme en otras formas de contar, de transmitir, aunque sean realidades oscuras, pero fuera de lo cotidiano para adentrarme en las mentes con nuevos lugares, desde la creatividad y la experiencia. Vivir, en definitiva, algo que me llene como si no fuera más un autómata, uno de esos robots que de pronto ven cómo todo ha pasado aceleradamente y de pronto el Primavera Sound de 2026 es tu decimocuarta edición y ya tienes cuarenta y un años, pero a ti te da igual porque solo quieres ir al concierto de Addison Rae y cantar y bailar ‘Aquamarine’ como si no hubiera pasado el tiempo. Como si aquel concierto de The xx en 2010, donde apenas empezaban tímidamente bajo la lluvia en el entonces escenario Ray-Ban se hubiera celebrado hace muchos menos años. Ahora, ellos han cambiado, han crecido y su espectáculo dista del minimalismo para ofrecer una experiencia mucho más amplificada en lo visual y sonoro. Yo también era otro. ¿Quién era? ¿Era más yo entonces y ahora solo una sombra melancólica e inerte que se desliza por la vida con la creciente sensación de vivir disociado de una realidad que se vuelve extraña por momentos?
Nos adaptamos constantemente a los cambios, a los sentimientos, a las malas noticias pero también a las celebraciones. Me aferro con fuerza a cualquier pequeño detalle que me haga feliz: una nueva canción de una artista que me gusta, la perspectiva del próximo estreno de A24, el remake de algún juego mítico que parece ya casi en la Prehistoria, la próxima banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross, ya sea para una película o videojuego, o el abono para el próximo Primavera Sound comprado a ciegas como antaño con un año de antelación. La anticipación contemporánea, el hype constante, la sensación de que todo supone una espera tan larga como la que me impedió ver a Cameron Winter en el Auditori. Las reservas imprescindibles, los planes forzadamente obligatorios que se convierten en otra de esas piedras en la suela de mi forma de ser. Cada vez puedo ser menos espontáneo y también cada vez siento que lo necesito más. Que necesito salir del bucle de la vida en la ciudad para revivir y volver a soñar, a ilusionarme.
Hace ahora casi un año de mi último gran cambio personal, cuando decidí hacer algo más de actividad física de manera estable y cuidarme, y este cambio lo percibo notable y constantemente en todos los aspectos de mi bienestar. Me canso muchísimo menos y siento que puedo caminar kilómetros y kilómetros sin apenas darme cuenta. Puedo ir al Primavera y sentirme mucho menos cansado que cuando iba a las primeras ediciones a los veintipico. Sin embargo, también siento que es la hora de traducir este bienestar físico en un mayor bienestar mental. Necesito buscarme y reencontrarme, dejar de sentirme abandonado por la inspiración y tomar notas aunque sea en este cuaderno comprado en el último minuto y con un modelo de bolígrafo desconocido y diferente al habitual. Aunque sea vomitando palabras como en el período en el que escribía las tres páginas matutinas de El camino del artista de Julia Cameron.
Quiero volver, y sé que está en mis manos. Solo yo puedo retomar las riendas y reencontrar el rumbo perdido, la frescura, las sensaciones. Despejar todo lo que me inquieta, lo que me nubla la visión, y volver a sacar mi lado feliz y creativo. Sentirme cada día como en el concierto de my bloody valentine cuando me agitaba en éxtasis con cada repetición de la coda final de ‘Only Tomorrow’. Celebrando como cuando coreábamos mientras el atardecer bañaba ‘I Love You I Hate You’ de Little Simz. Recordando el poder del amor con los ojos húmedos como durante el concierto de Beverly Glenn-Copeland y Elizabeth Copeland. Sé que se puede lograr y solo tengo que encontrar ese pequeño rincón donde todavía existo. Volver a tener un objetivo, o muchos. Salir del bucle y revivir.