en Primavera Sound

Primavera Sound 2010 / Crónica Día 03

Ayer se vivió la última jornada del San Miguel Primavera Sound 2010, una jornada frenética en la que se cerró con un gran éxito la décima edición de un festival que se confirma como uno de los mejores del mundo.

Comenzamos la jornada, al igual que el día anterior, en el Auditori, donde estaba previsto uno de los conciertos más esperados de todo el PS. Antes, pudimos ver a Clare and The Reasons. Sin demasiadas excentricidades, sino más bien con una enorme sencillez, se acercó al escenario con una increíble banda con cuerdas y metales que sonó incluso mejor que en las grabaciones. Fue un concierto mágico, de los que consiguen arrancar una sonrisa durante todo el tiempo.

Además, tanto los músicos como Claire fueron de lo más simpáticos y cercanos, dirigiéndose al público a menudo con simpáticos comentarios como que era un concierto muy especial al ser la primera vez que tocaban en un triángulo. Si a todo eso le sumamos que la voz de Claire es sugerente y luminosa, el resultado fue un concierto perfecto en el que hubo momentos de sugerentes melodías abstractas, con espacio para algunas de las mejores canciones de su último disco, todo un trabajo de artesanía musical al más alto nivel. El colofón vino cuando invitó a subir al señor Van Dyke Parks, que fue recibido con una gran ovación y les acompañó al piano en una increíble interpretación con tintes de piano bar jazzístico de los cincuenta con la que se despidieron.

Apenas unos minutos después, volvería a escena Van Dyke Parks, esta vez para ofrecer su concierto. Desde que apareció daban ganas de abrazarlo, con sus simpáticos andares y su aspecto de personaje de cuento. Estaba muy cómodo, como en casa, no sólo por sus zapatillas de andar por casa, sino por el público que le acogió con una gran calidez desde que gritó desde su piano de cola: “Bona nit Catalonia”. Fue un concierto de los que nunca se olvidan. No sólo porque fue una oportunidad única de ver a un genio en escena, a uno de esos maestros de la música que siguen aún en activo. “Definitivamente soy el más viejo de toda la sala”, bromeaba entre canción y canción.

Tuvo espacio para composiciones infantiles creadas para sus hijas y con trasfondo social, una canción de las que trabajó junto a Brian Wilson, recuperó algunas piezas del siglo XIX, y llegó incluso a estrenar Black gold, una canción que compuso en el momento de la catástrofe del Prestige. El resultado fue un viaje que paró el tiempo por unos minutos, y donde la sensibilidad, la emoción y la certeza de estar viendo a uno de los más grandes. Agradecido “desde lo más profundo de mi viejo corazón”, se despidió con el público en pie, y volvió para regalarnos un bis en forma de canción infantil sobre la forma de deletrear la palabra chicken. Lo dicho: además de emotivo, inolvidable.

Pero esto no había hecho más que empezar, y entre las masas que ya empezaban a acercarse al recinto principal del festival, nos dirigimos al concierto de Florence + The Machine, uno de esos fenómenos sobre los que uno no tiene claro hasta dónde llega la calidad y hasta dónde el hype. Lo cierto es que su disco Lungs es realmente bueno, así que había muchas ganas de ver lo que ofrecía su directo. Con el escenario decorado con un tapiz de flores y jaulas que encerraban bombillas, apareció vestida con una especie de bata blanca transparente rematada con adornos dorados. Como si de una diva de la ópera se tratase, no paró de sobreactuar y gesticular en cada uno de sus movimientos, subiéndose a unas pequeñas plataformas situadas en el frontal del escenario.

Y con toda esa pose, aún hubo espacio para un concierto fastuoso donde demostró por qué estaba en el escenario principal habiendo publicado solamente un disco. Su concierto fue de una progresión infalible, con momentos para corear, momentos para saltar y cantar, y su performance en la puesta en escena. Aún así, parece que a medida que se acercaba el final, la voz de Florence estaba más perdida entre la multitud, más centrada en gritar que en cantar. No consiguió convencer a una gran parte del público, que abandonó el escenario masivamente durante la actuación. Al final, lejos de poses, voz o actitud, lo más importante fueron las buenas canciones, y de momento Florence las tiene, ya sean suyas (Dog days are over, Rabbit Heart, Drumming song), o versiones que ya parecen suyas, como la coreadísima You’ve got the love. Habrá que esperar para ver si ha sido un espejismo momentáneo, o mantiene el tipo en el futuro.

Casi sin aliento, corrí literalmente hacia el escenario Ray-Ban, donde estaban a punto de empezar Grizzly Bear. Tres años después de su primera vez en el festival, y esta vez en uno de los escenarios principales. Salieron a escena con bastante público, y comenzaron con Southern Point, la misma que abre su último disco y que además es una de sus mejores canciones. Tristemente, no sonó con la contundencia que debería, y que consiguieron darle al resto del concierto, imagino que por problemas de sonido que se solucionaron bastante rápido. Y hay que admitirlo, estos señores tienen actitud, tienen ganas de jugar con las canciones, de probar nuevas sensaciones con la música y de ofrecer al público toda una experiencia.

Y eso es justamente lo que lograron ayer, ya que su concierto fue toda una lección de cómo hacer las cosas bien, de cómo hacer música sin caer en lo fácil, y de ofrecer un gran concierto sin ababar en el populismo. Con sus canciones crearon ambientes muy variados, ya fueran momentos de evasión casi extraplanetaria, o los momentos para bailar y saltar que, aunque fueron los que menos, los hubo. Lo más coreado, por supuesto, fue Two Weeks. Al final, emocionados por la acogida y afirmando que el PS es “uno de nuestros festivales favoritos”, se despidieron por todo lo alto. Sin ninguna duda, uno de los mejores momentos del PS.

Pero no se terminaron aquí los buenos momentos. En el escenario Vice estaban preparados para salir a escena (con un pequeño retraso gracias al que pude verles desde el principio) Matt & Kim. Y eso ya fue la apoteosis de la diversión. Consiguieron rozar el cielo con un concierto lleno de adrenalina y de entusiasmo. Vale, no serán los que mejor toquen ni los que mejor canten, pero lo bien que se lo pasaron en escena, su actitud a la altura de las circunstancias, lo emocionados y felices que estaban por la acogida y, principalmente, lo bien que lo pasamos bailando, saltando, cantando y coreando, hicieron de su concierto una de las mejores actuaciones del PS (y van…).

No paraban se subirse encima de los instumentos, Matt saltaba de un lado para otro, se subía a todas partes, y Kim se llegó a lanzar al público en uno de esos momentos de euforia. Hubo espacio no sólo para las canciones de su último disco, que demostraron ser verdaderas rompepistas. También metieron versiones de Sweet Child of mine, de Guns N’ Roses, y The Final Contdown, de Europe, coreadas a voz en grito. Fue una fiesta apoteósica que, si por nosotros fuera, habría durado la noche entera. Fantásticos.

Pero aún nos quedaba el plato fuerte de la jornada. La guinda que tenía que coronar un festival que estaba siendo inolvidable. Pet Shop Boys ofrecieron su primer concierto en el PS y fue espectacular, como siempre. No sólo porque demostraron que siguen en forma tras veintinueve años sin interrupciones en la música, sino porque lo que se vio en el escenario San Miguel fue un show en toda regla. Milimetrado hasta el último detalle, acompañados por tres bailarinas (dos de ellas gemelas) y un bailarín de categoría, y con momentos entre lo kitsch y lo retro-futurista. No faltaron sus grandes éxitos: Go West, Suburbia, Se a vida é, Always on my mind, algunas de las mejores canciones de su reciente Yes: Love, etc, Did you see me coming, All over the world.

No sólo hubo ritmo. También tuvieron un pequeño espacio para las baladas y dieron lugar a su ya célebre versión de Viva la vida de Coldplay con Neil Tennant vestido de Rey. Todo ello con cambios de vestuario constantes, con momentazos como los bailarines caracterizados como edificios en un momentazo digno de cualquier musical underground de Broadway. Además, la puesta en escena, espectacular, cambiaba a medida que iba avanzando el espectáculo, adaptándose para las diferentes canciones, acompañadas por proyecciones y coreografías de una sincronización alucinante.

Por supuesto, hubo dos bises para cerrar con un coreadísimo West End Girls. Un concierto apoteósico para una pareja por la que no parecen pasar los años, y a la que agradecemos que sigan tan en forma. Un perfecto final para un festival que en su décima edición ha demostrado ser probablemente el mejor de los que se celebran en nuestro país.

Publicado originalmente en la revista Koult.

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