en Discos

James Blake o la reinvención del pop

El debut del artista bri­tá­nico es una joya que rein­venta las cla­ves del pop en forma de dubstep

El año no podía haber empezado mejor. Después de un 2010 excelente musicalmente hablando, este 2011 ha comenzado con fuerza. Y, por encima de cualquier otro disco, hay que arrodillarse ante la joya que nos presenta James Blake. Su álbum de debut (James Blake, 2011) es un trabajo fascinante, sobrecogedor, emotivo y tan diferente a cualquier otra cosa que hayas escuchado en los últimos tiempos que no te va a quedar otra que alabar las once canciones que contiene.

Y ojo para los que piensen que ya saben de qué va este británico, a medio camino entre la electrónica y el folk, porque sus EPs de 2010 poco o nada tienen que ver con este álbum. Un disco de himnos, de cerrar los ojos y abandonar por unos instantes el ritmo habitual de la vida para dejarse sorprender por la belleza de la música. Por esas ganas de gritar a los cuatro vientos que la vida es mucho mejor gracias a trabajos tan elaborados como este que, ojo, ha sido creado por un artista británico de apenas 22 años que graba sus canciones en su habitación en Londres.

Su música es un ambicioso e insólito cruce de caminos entre la sensibilidad de Antony Hegarty, la experimentación de Sufjan Stevens y el intimismo de Bon Iver. A esta sugerente mezcla, añádele un poco de electrónica, agítalo bien, multiplícalo exponencialmente y quizá así puedas llegar a comprender por qué el debut homónimo de James Blake está dando tanto que hablar. Y es que estamos ante un trabajo donde los pianos suenan profundos, las voces se dispersan en ambientes metafísicos y la belleza puede llegar en forma de una melodía que parece llegada desde un futuro aún inhóspito, o desde hace treinta años. Blake sabe lo que hace y crea una colección de canciones que se cuelan por cualquier poro dejando un poso imposible de borrar.

Y todo con un resultado lejano a la perfección formal a la que estamos acostumbrados. James Blake deforma sus canciones, las llena de sonidos que parecen entrometerse en las melodías como la propia música interrumpe nuestra percepción. Defectos introducidos con todo el sentido, voces que se pierden debajo de la producción, estrofas que se repiten infinitamente. Como un mantra que, en ‘The Wilhelm Scream’, canta en una desgarradora primera persona terminando por enlazar con un fragmento de ‘I never learnt to share’ que hace crecer la voz hasta situarse en una esfera metamusical que rompe las barreras entre el sonido y el oyente, hasta desmontar todo lo que sabíamos sobre la música y redescubrirnos ante su sonido como si escucháramos un disco por primera vez.

Hay espacio para juegos con vocoder divididos en dos capítulos (Lindesfarne I y II), o para taladrarnos la moral con un precioso duelo instrumental entre voces y piano que se sumergen en una línea algo más soul, con el sencillo de presentación del álbum, una insólita versión del ‘Limit To Your Love’ de Feist, que da paso a una segunda parte del álbum, donde el piano cobra más protagonismo en los primeros cortes (‘Give Me My Month’ y ‘Why Don’t You Call Me’ son dos grandes baladas en clave pop), pero también hay hueco para piezas más experimentales como ‘To Care (Like You)’, un tema sincopado que nos hará revisar más de una vez si hay algún problema en nuestro reproductor.

Cuando terminamos el disco y los ecos de ‘Measurements’, un himno en toda regla, aún resuenan en nuestro interior, es cuando somos conscientes de que James Blake, el artista, y James Blake, el disco, van más allá del mundo actual. Son dos piezas clave para entender este 2011 musical y, probablemente, nos estén dando una pista de lo que la música, y en especial la música pop, tiene aún por descubrir. Entonces, y sólo entonces, podremos decir aquello de “yo estuve allí cuando se reinventó el pop”.

Publicado originalmente en la revista Koult.

Escribir un comentario

Comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.