en Escenarios

Un paseo por Avenue Q

El gamberro y aclamado musical de Broadway llega por fin a Madrid

El Teatro Nuevo Apolo de Madrid ha recibido a los habitantes del barrio más periférico, underground, irreverente y emocional de Broadway. Avenue Q por fin ha abierto sus puertas, y hemos asistido a una de las funciones previas para comprobar de primera mano todos los detalles de esta adaptación.

Avenue Q surgió en 2003 como un musical diferente, proyectado para el Off Broadway (una versión reducida donde se producen espectáculos de menor formato y mayor audacia y originalidad) y estrenado con tal éxito que apenas unos meses después fue transferido a un teatro de Broadway. Poco después de su estreno, en 2004, consiguió superar todas las expectativas, y se convirtió en el espectáculo más celebrado de los premios Tony, consiguiendo tres premios y superando incluso a la superproducción Wicked, demostrando que la imaginación y la originalidad muchas veces son más importantes que la grandilocuencia y el dinero.

Tras años de éxito, actualmente el espectáculo sigue representándose en el Off Broadway así como en numerosas ciudades del mundo. Entre ellas, se encuentra Madrid, donde el pasado viernes se comenzaron a representar las previas del espectáculo que, en su versión española, está dirigido por los siempre eficaces Yllana.

La historia de Avenue Q

Y es que Avenue Q ha cosechado muchos números, muchas ciudades, muchos premios y cientos de fans por todo el mundo pero, cuáles son las claves de un musical para adultos en el que aparecen marionetas que cantan en un tono festivo frases lapidarias como “todos somos algo racistas”, “qué mierda ser yo”, “si fueras gay, me parecería ok”, y toda una surrealista y divertidísima colección. Lo que podría haber sido un suicidio ha resultado ser todo un acierto, consiguiendo hilvanar un puñado de disparates con una historia sensible, divertida y reflexiva sobre cómo nos vamos haciendo mayores y enfrentando a los retos y miserias de la vida adulta.

Todo ello está concebido como un homenaje adulto y ligeramente gamberro a otro célebre barrio poblado por seres de gomaespuma: Barrio Sésamo. Sólo que aquí los habitantes en vez de obsesionarse con las galletas lo hacen con el porno, se indaga en la relación entre Epi y Blas a través de dos personajes que viven en una situación sospechosamente similar y, como en Sésamo, cohabitan monstruos, muñecos y humanos en un mismo lugar.

Afortunadamente, en la versión española se han mantenido todas y cada una de las canciones, todos y cada uno de los personajes originales, con los diseños idénticos a los del montaje original, y una escenografía calcada -¡hasta el telón es el mismo que el original!-, ofreciendo la mejor experiencia musical que se haya estrenado en Madrid en años. Salvando alguna que otra traducción inesperada (como haber convertido el personaje de Christmas Eve en Mary Christmas, contradiciendo el propio libreto de la obra), la adaptación de las letras de las canciones, todo un reto que los musicales españoles suelen suspender casi sistemáticamente, ha sido más que acertada, y una función de Avenue Q en Madrid poco o nada tiene que envidiar a la del original americano, o la excelente versión del West End londinense.

El montaje madrileño

Para ello, uno de los grandes aciertos ha sido el increíble reparto escogido para la representación, que brilla con luz propia y que cuesta creer que aún esté desarrollando funciones previas. Obviamente, aún quedan flecos por mejorar como el final, que se antoja un tanto precipitado y desordenado, y la obertura en la que faltaba fuerza y todo parecía a medio gas (aparte de la aparición de unos dibujos del metro de Madrid, totalmente fuera de contexto). Salvando esos pequeños detalles, la mimetización del elenco con los personajes y la excelente manipulación de las entrañables marionetas, así como la profesionalidad e ilusión que transmiten todos y cada uno de los componentes del elenco consigue traspasar la cuarta pared del escenario contagiando al público y creando un clímax insuperable, llenando la sala de risas histriónicas y aplausos espontáneos.

Entre el reparto quien quizá destaca por encima del resto y se lleva las mayores ovaciones, es Isabel Malavia, cuya dulzura, eclecticismo y su excelente voz hacen que nos enamoremos de sus personajes (Kate Monster y Lucy la Guarra) desde su primera aparición, y nos deja boquiabiertos cuando alterna ambas interpretaciones en una misma escena, cubriendo las voces de ambas a la vez, y pasando del tono soez y sensual al dulce e ingenuo en unos segundos. También sorprende Leandro Rivera, especialmente para los escépticos que puedan creer que un actor de teleseries no sería capaz de llegar al nivel necesario para un musical profesional, y que demuestra que no sólo tiene una enorme experiencia en el campo, sino que dispone de unas tablas y una energía exultantes.

Sería imposible no destacar también el enorme esfuerzo realizado por Thais Curiá, cuyo papel (interpretado por una actriz oriental en el original) implica cantar imitando el acento japonés y desenvolverse de manera disparatada por el escenario. Al igual que sería un crimen no destacar el trabajo del resto de actores, pues todos y cada uno de los intérpretes entregan el máximo. Esto es especialmente admirable al tratarse de la tercera de las funciones previas, lo que hace pensar que en unos meses los pequeños defectos y fallos –realmente pocos- que se vieron, se superarán y dejarán un montaje perfecto.

Aún así, el público manda, y si aún existen el criterio y la justicia, Avenue Q merece quedarse durante muchos meses en cartel, no sólo por tratarse de una de las mejores –y más fieles- adaptaciones de Broadway que jamás han pisado Madrid sino porque la profesionalidad, respeto y honestidad con las que se ha preparado, bien merecen un altar. Ante todo ello, sólo se puede gritar un ‘bravo‘ bien alto (y buscar entradas para repetir una y otra vez).

Publicado originalmente en la revista Koult.

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