en Escenarios

Días estupendos, verano sin fin

Alfredo Sanzol dirige un espectáculo delicioso, divertido y conmovedor

Es inevitable. Por mucho que nos cueste, el verano, época de vacaciones, de calores extremos y de situaciones extrañas, ya se ha terminado. Se acabó, aunque el clima no esté de acuerdo, y nuestras vidas se alejan de la convulsión, la diversión y esa transformación que sufren durante unos meses, para recuperar la normalidad de la rutina.

No es de extrañar que el Centro Dramático Nacional haya escogido precisamente este momento, el del final del verano, para estrenar Días estupendos, el primer montaje de la temporada en el Teatro Valle Inclán. Dirigida por Alfredo Sanzol, está concebida como la tercera parte de una “suerte de trilogía” que comenzó hace cuatro años con Risas y destrucción, y continuó con Sí, pero no lo soy.

En el montaje de Días estupendos, Alfredo Sanzol transmite ligeramente esa nostalgia veraniega, pero ante todo, es un catálogo de todo tipo de situaciones de lo más extremas y absurdas en las que una serie de interminables personajes se ven sumidas a lo largo del verano, demostrando que todos podemos terminar convirtiéndonos en unos desquiciados en la búsqueda de la felicidad, del descanso, pero también del amor y de nuevas experiencias.

Así, desde una verbena popular en Burgos hasta una surrealista despedida después de todo un verano, Días estupendos supone un desfile de proporciones hilarantes a través de todo tipo de personajes esperpénticos. Desfilan por la fantástica escenografía, que imita un bosque con un entrañable realismo, un torero, un etarra, un cortador de troncos, una cantante de pueblo, una nudista francesa, una embarazada, todo tipo de neuróticos, y un largo etcétera. Lo más increíble -o lo más lamentable, según como se mire- es que al final, tarde o temprano, nos identificamos con las situaciones y los personajes del espectáculo, que parecen dignas de cualquiera de nosotros y que, bajo el manto del humor hilarante y el extremismo producen una reflexión sobre nuestros hábitos y costumbres, y lo hermoso que es vivir al fin y al cabo.

Esto queda claro desde el minuto uno, con una esperpéntica cantante ofreciendo una inolvidable versión de Mi Jaca, en forma de verbena popular y con unos arreglos inclasificables, como cima del costumbrismo español del que está plagada la obra. Y no sólo costumbrismo, sino pequeñas pinceladas sobre personajes populares e incluso política, que de manera sutil nos recuerdan las delicias de este país en el que vivimos.

Así, quizá entre tanto esperpento, destaca especialmente el fragmento en que una madre embarazada decide hablar con su feto sobre todos los detalles importantes que van a marcar su vida. Surrealista, entrañable y divertido, termina convirtiéndose en uno de los mejores resúmenes acerca de la vida y la condición humana que se hayan visto recientemente en un escenario, especialmente con la conclusión de que no se debe tener prisa, ya que al fin y al cabo, todos vamos a llegar al mismo final.

Días estupendos es una fantástica forma de comenzar la temporada en uno de los teatros más importantes de nuestro país que sigue apostando por montajes innovadores y arriesgados. Es un recomendable divertimento que, además, ofrece reflexiones más profundas de lo que pueda parecer, y que supone un impresionante trabajo de los cinco actores que lo representan. Una bonita forma de despedir al verano y volver a la vida real.

Publicado originalmente en la revista Koult.

Escribir un comentario

Comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.