en Escenarios

Cuando Fellini se encontró al cantante sin habla

Jerôme Lavoix, Teatro Circo Price (Madrid), 6 de octubre de 2010

Jerôme Lavoix no es capaz de hablar como una persona normal. De pequeño, después de un primer gran éxito a los seis años, tuvo un accidente tras el que sólo ha sido capaz de hablar a través de esporádicos susurros. No se trataría de un caso tan excepcional si no fuera porque ese mismo señor sí canta, y además lo hace bastante mejor de lo que cabría esperar de una persona a la que los logopedas siguen sin encontrarle una salida a su problema de voz.

Ese mismo señor, con aspecto de conquistador de crucero, que ha sido pareja de señoras millonarias de aquí y de allá, y que acaba de publicar un primer disco de versiones, fue el encargado de ofrecer anoche en el Teatro Circo Price una de esas veladas inolvidables por lo insólito del evento. Y es que la cena-concierto de Lavoix y su orquesta, que se había preparado anoche como parte del Festival Trànsit, fue un espectáculo de lo más surrealista e inclasificable.

No por el concierto en sí, en el que el francés recuperó temas de la cultura popular española, italiana, francesa y americana, sino más bien por la ambientación en la que se había insertado el evento con la pista del circo convertida en una plaza de pueblo con mesas ubicadas de forma íntima frente a un templete como si de una verbena se tratara.

Lo que sucede es que, tras ver a ese señor vestido de punta en blanco, silencioso y sonriente, cantando como si se tratara de un Michael Bublé camprodonés en medio en una pista de circo bajo un templete decorado con bombillas de colorines, me resulta completamente imposible imaginar a este mismo señor en un ambiente que no sea el de una verbena, una escena de Vacaciones en el mar, o cantando Siboney para una docena de jubilados alemanes en algún hotel de Tenerife sonriendo bajo sus orondas y coloradas mejillas.

Tampoco llegué a entender demasiado la presencia de esta suerte de crooner francés que canta repertorio internacional en un acto del festival Trànsit, cuyo objetivo es la difusión de la cultura catalana, más allá de por haber fijado su residencia en la provincia de Girona. Debo suponer que la sombra de Fellini es inescrutable, y ahí estábamos, degustando gastronomía de la tierra catalana, degustando cava mientras en la, por otro lado, excelente voz de Lavoix sonaban canciones tan catalanas como Arrivederci Roma, Siboney, Moon River o Love in Portofino. Original, desde luego.

Por si la situación no fuera lo suficientemente insólita, un grupo de señoritas a las que ahora no puedo imaginar sin alcohol en sus venas, no paraban de gritar desde su mesa (en un recinto en el que habría unas sesenta personas) perlas como “no nos creemos tu historia” o “qué público más soso”, con un afán de protagonismo que sólo se explica bajo la influencia de los litros del delicioso cava ecológico que se sirvió durante toda la velada para aderezar el menú del popular chef Isma Prados.

Lo cierto es que no puedo evitar cierta tendencia -o llamémosla debilidad- a disfrutar de este tipo de situaciones surrealistas, por lo que tengo que admitir que la cena concierto de anoche fue uno de esos eventos que dejan huella, quizá no por un exceso de emociones, sino por asistir a una de esas experiencias que, tras vivirla, no puedo evitar que me aborde la sensación de que todo debe haber sido un sueño. Y es que, como decía Fellini, “nuestros sueños son la única vida real”.

Fotos: Hasier Larretxea

Publicado originalmente en la revista Koult.

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